lo diga él.
Michael redactó una respuesta extremadamente sencilla que envié desde mi teléfono:
«Explícame exactamente qué parte de la propiedad afirmas que te pertenece y en qué documento basas esa afirmación.»
Mi padre tardó menos de diez minutos.
«La mitad. Tú lo firmaste. Tengo los papeles.»
Michael soltó un suspiro.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Acaba de concretar su reclamación por escrito.
Miré la pantalla.
Durante toda mi vida, mi padre había conseguido salirse con la suya porque las discusiones familiares desaparecían después de unos días. Nadie guardaba pruebas. Nadie pedía explicaciones precisas.
Esta vez era diferente.
Michael había empezado a reconstruir la historia financiera completa.
Y cuanto más investigábamos, menos sentido tenía la versión de mi padre.
Yo había comprado la villa después de vender un pequeño apartamento que James y yo habíamos tenido como inversión, utilizar parte de mis ahorros y completar el resto mediante financiación bancaria.
Mi padre no