códigos que nunca habían sido autorizados para una residencia permanente.
Pero aquello ni siquiera era lo importante.
Lo importante estaba dentro de la carpeta que tenía frente a mí.
Michael me llamó de nuevo.
—No respondas a provocaciones —me dijo—. A partir de ahora, todo por escrito.
—Eso pensaba hacer.
—Y hay otra cosa.
Su tono cambió.
Me incorporé en la silla.
—¿Qué has encontrado?
Escuché cómo pasaba unas hojas.
—Tu padre no empezó a hablar de quedarse con la villa esta semana.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—He revisado los documentos que me enviaste. Hay algo relacionado con la ayuda económica que le diste después de la muerte de James. Necesito comprobar un par de cosas antes de sacar conclusiones.
Sentí que el cansancio desaparecía de golpe.
—Michael, dime qué has visto.
—Una discrepancia.
—¿De cuánto?
Hubo una pausa.
—Posiblemente mucho más de cincuenta mil dólares.
Miré la