—Mateo, una familia no es una persona sacrificando su salud mental y financiera para que los demás vivan con comodidades que no se han ganado.
—Cometí errores, lo reconozco —insistió, dando un paso hacia mí—. Pero puedo cambiar. Te doy mi palabra.
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Negué lentamente con la cabeza. Años atrás, esa promesa me habría hecho llorar de esperanza. Hoysolo me causaba indiferencia.
—Siempre estuviste muy orgulloso de ser un hombre de palabra, Mateo. Pero las palabras no pagan el techo, ni curan el agotamiento, ni sustituyen a las acciones.
Abrí mi bolso, extraje una carpeta formal y se la extendí.
—¿Qué es esto? —preguntó él, perdiendo el color en el rostro.