Dos días después, Abril pidió verla.
Tenía el rostro cansado y cada movimiento le costaba, pero estaba completamente consciente.
—Hay algo más —dijo.
Valeria se sentó frente a ella.
—Dímelo.
Abril evitó mirarla al principio.
—Yo sabía que Julián estaba haciendo trámites con tus datos.
Valeria no respondió.
—Me pidió documentos que estaban guardados en la oficina y le ayudé a conseguir copias —continuó Abril—. Dijoque eran para renovar cosas de la empresa.
—¿Sabías de la póliza?
—No al principio.
Valeria esperó.
Abril tragó saliva.
—Después vi la cantidad.
—Veinticinco millones.
—Sí.
—¿Y me dijiste algo?
Abril negó con la cabeza.
—No.
Aquello dolió de otra manera.
Abril no era una víctima inocente en toda la historia.
Había aceptado el dinero de Valeria, había utilizado tarjetas de su empresa, había participado en las burlas y había guardado silencio al descubrir algo que debía haberle parecido extraño.
—¿Por qué? —preguntó Valeria.
Abril se quedó mirando sus manos.
—Porque toda mi vida aprendí que era más fácil estar del lado de Julián que estar en su contra.
Valeria recordó el apodo.
—También me llamabas la incubadora millonaria.
Abril cerró los ojos.
—Sí.
No ofreció una excusa.
—Eso también lo hice yo.
Valeria pudo haber utilizado aquella confesión para humillarla.
No lo hizo.
—Yo también tengo algo quedecirte sin excusas —respondió—. Sabía que la escalera estaba engrasada cuando te llamé.
Abril la miró.
—Ya lo sé.