Mi esposo prometió casarse conmigo al regresar, pero en el aeropuerto dejó que otra mujer le dijera “te esperé toda la vida” mientras yo sostenía flores. No lloré; llamé a mi abogado, congelé un crédito millonario y descubrí que esa chica no venía por amor, sino por venganza

PARTE 1

—Si tanto la extrañabas, Alejandro, quédate con ella… y que tu familia se hunda sin mí.

Isabela Salazar dijo esas palabras sin levantar la voz, en medio de la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, con un ramo de girasoles apretado entre las manos y el corazón hecho polvo bajo el pecho.
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Durante 5 años había esperado a Alejandro Montes.

5 años desde que él se fue a una misión militar fuera del país, prometiéndole que al volver se casarían. 5 años en los que ella dejó Harvard, desafió a su propia familia y se quedó en México para sostener lo que él dejó tirado: a sus padres, su casa en Lomas de Chapultepec y el desastre financiero de Grupo Montes.
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Doña Teresa, la madre de Alejandro, la trataba como si fuera empleada. Le criticaba la ropa, la comida, la manera de hablar, hasta el perfume.

—Una muchacha decente no presume tanto carácter —le decía—. A los hombres no les gustan las mujeres que mandan.

Isabela sonreía, tragaba saliva y seguía trabajando. Conseguía médicos para Teresa, calmaba a don Ricardo Montes cuando los bancos amenazaban con cortar líneas de crédito y corregía contratos que habrían hundido a la empresa familiar.

Lo hacía por una sola razón: Alejandro le había dicho antes de irse:

—Cuando regrese, te voy a dar mi apellido. Espérame.

Y ella, tontamente, lo esperó.
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Aquella tarde, cuando anunciaron la llegada del vuelo, Isabela sintió que las rodillas le temblaban. Se acomodó el abrigo claro, sostuvo los girasoles y buscó entre la multitud el rostro que había imaginado cada noche.
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Entonces lo vio.

Alejandro venía más delgado, más moreno, con la mirada dura de alguien que había visto demasiadas cosas. Llevaba una camisa negra, una chamarra ligera y una maleta militar sin insignias. Al verla, se detuvo.

Por un segundo, Isabela creyó que todo había valido la pena.

Pero antes de que pudiera dar un paso, una mujer de vestido blanco apareció corriendo desde un costado.

—¡Alejandro!

La joven se lanzó contra él, lo abrazó por la cintura y hundió la cara en su pecho.

—Volviste… por fin volviste. Te esperé todos estos años. No sabes cuánto te extrañé.

Isabela reconoció el nombre antes de escucharlo.

Camila Ríos.

La vecina de la infancia. La niña que siempre lo seguía por la colonia llamándolo “mi héroe”. La misma Camila de la vieja foto que Alejandro guardaba en la cartera y que nunca dejaba mirar de cerca.

Alejandro se tensó.

—Camila… ¿qué haces aquí?

Isabela esperó que él la apartara.

No lo hizo.

Al contrario, levantó una mano y la apoyó suavemente en la espalda de Camila, como quien calma a alguien que acaba de sobrevivir a una tragedia.

El ramo de girasoles tembló entre los dedos de Isabela.

Una flor cayó al piso brillante del aeropuerto. Un hombre que pasaba la pisó sin darse cuenta.

Alejandro levantó la mirada.

—Isa, espera. No es lo que parece.

Ella sonrió apenas.

No gritó. No lloró. No hizo una escena.

Caminó hasta el bote de basura más cercano y tiró los girasoles dentro.

Después sacó el celular, buscó un número sin nombre y marcó.

—Tío Roberto —dijo con una calma que daba miedo—, el crédito de Banorte para el proyecto de Santa Fe de Grupo Montes… bloquéalo hoy mismo.

Del otro lado hubo silencio.

—Isabela, tú misma abriste esa puerta para ellos.

Ella miró por última vez hacia Alejandro, que seguía con Camila pegada al pecho.

—Las Salazar no abrimos puertas para que nos humillen, tío. Las cerramos con candado.

Colgó.

Esa misma noche regresó a la mansión familiar en Las Lomas, después de 5 años sin pisarla. Los guardias la reconocieron de inmediato y se cuadraron como si hubiera vuelto una reina exiliada.

Su abuelo, don Aurelio Salazar, viejo general retirado, la recibió en la entrada con su bastón.

—¿Hasta que te acordaste dónde estaba tu casa?

Isabela tragó el nudo de la garganta.

—Abuelo, vengo a pedirte algo.

—¿Qué cosa?

—El estandarte de la familia.

El anciano la miró largo rato. Luego se hizo a un lado.

—Ve por él tú misma.

Isabela entró llorando en silencio.

Mientras tanto, Alejandro llegó hasta las rejas de la residencia Salazar y los guardias no lo dejaron pasar.

Solo entonces entendió que la mujer a la que había dejado esperando en el aeropuerto no era una novia despechada.

Era la única hija de una de las familias más poderosas de México.

Y nadie podía creer lo que estaba a punto de suceder…

PARTE 2

A las 8 de la mañana siguiente, don Ricardo Montes recibió la primera llamada.

—Señor Montes, Banorte rechazó definitivamente el crédito para Santa Fe.

Ricardo se quedó helado.

—Eso es imposible. Ya estaba autorizado.

—Además, BBVA pidió revisión de garantías para los terrenos de Interlomas y la Secretaría de Desarrollo Urbano suspendió permisos en el proyecto de Querétaro.

En menos de 24 horas, Grupo Montes perdió aire.

En menos de 48, empezó a ahogarse.

Desde el piso 35 de una torre recién comprada sobre Paseo de la Reforma, Isabela observaba el edificio de Grupo Montes al otro lado de la avenida. Su nuevo letrero dorado decía: Salazar Capital.

El edificio lo había pagado de contado.

No con dinero de su padre. No con dinero del abuelo. Con el fondo de inversión que ella misma creó cuando estudiaba en Harvard y que su tío Roberto administró en secreto durante años.

—Señorita Salazar —dijo David Herrera, su director financiero—, ya tenemos 4.9% de las acciones de Grupo Montes. Si compramos 0.1% más, tendremos que reportarlo públicamente.

Isabela no apartó la vista del edificio enemigo.

—Compra. Esta noche todos deben saber quién llegó.

Esa tarde mandó una invitación personal a la mansión Montes.