No porque me sorprendiera.
Sino porque confirmó que todavía no me conocía.
Después de cuatro años de matrimonio, después de compartir una casa, una cama, viajes, cumpleaños y noches enteras hablando hasta el amanecer, su primera reacción había sido ofrecerme dinero.
Como si todo tuviera precio.
Como si yo también lo tuviera.
—No quiero tu dinero.
—Entonces, ¿qué quieres?
Miré a Rose.
—Que reconozcas a tu hija.
Adrián se quedó inmóvil.
Uno de sus abogados se inclinó hacia él y susurró algo.
Él levantó una mano.
—No.
—Adrián…
—He dicho que no.
Su mirada se endureció.
—No puedes aparecer cuatro meses después con una bebé y decirme que es mía.
—No aparecí cuatro meses después.
Tragué saliva.
—Te llamé.
Su expresión cambió apenas.
—¿Cuándo?
—El 17 de mayo.
Silencio.
—Te llamé seis veces.
No respondió.
—Después escribí a tu asistente.
Nada.
—Después envié un correo a tu oficina.
Nada.
Lucía sacó un documento.
—Tenemos registros de todas las comunicaciones.
Esteban tomó la hoja.
Su rostro cambió al leerla.
—Esto no estaba en la información que recibimos.
—Porque su cliente nunca se molestó en preguntarme si existía una razón para que yo no firmara el divorcio inmediatamente —respondió Lucía.
Adrián me miraba como si estuviera intentando reconstruir los últimos meses de su vida.
—¿Por qué no me dijiste antes?
La pregunta me hizo reír.
Una risa breve, amarga.
—¿En serio me estás preguntando eso?
—Sí.