Llegué al funeral de un cliente y reconocí enseguida al hombre que llevaba tres meses diciéndome que estaba en el extranjero: era mi esposo, con una flor blanca y presentado ante todos como el futuro marido de otra mujer. “No es lo que parece”, murmuró. Yo solo sonreí, guardé el teléfono con nuestras conversaciones y esperé, porque al día siguiente serían ellos quienes vendrían a acusarme públicamente.

—Mariana, perdóname. Solo repetí lo que había escuchado.

—Entonces explícaselo a Recursos Humanos.

No grité.

No necesitaba hacerlo.

Esa misma tarde Mauricio me esperaba frente al edificio.

Había adelgazado.

Llevaba la camisa arrugada y varios días sin afeitarse.

—Mariana.

Seguí caminando.

—Por favor.

Me detuve.

—Si es sobre el divorcio, habla con mi abogado.

—¿De verdad ahora solo podemos hablar a través de abogados?

Lo observé.

Siete años.

Había compartido desayunos, enfermedades, deudas, planes y vacaciones con aquel hombre.

Y sin embargo, de repente parecía un desconocido.

—Tú fuiste quien decidió que dejáramos de hablar hace mucho tiempo.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Ya terminé con Daniela.

—Eso no cambia nada.

—No voy a volver a verla.

—Tampoco cambia nada.

Sus ojos se humedecieron.

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