Llegué al funeral de un cliente y reconocí enseguida al hombre que llevaba tres meses diciéndome que estaba en el extranjero: era mi esposo, con una flor blanca y presentado ante todos como el futuro marido de otra mujer. “No es lo que parece”, murmuró. Yo solo sonreí, guardé el teléfono con nuestras conversaciones y esperé, porque al día siguiente serían ellos quienes vendrían a acusarme públicamente.

—Ven —le dije—. Y diles delante de todos quién soy.

Veinte minutos después entró al edificio.

Daniela corrió hacia él.

—Dime que no es cierto.

Mauricio me miró primero.

Después miró el acta.

Y finalmente bajó la cabeza.

—Sí —murmuró—. Mariana es mi esposa.

Daniela retrocedió como si la hubiera golpeado.

Su madre se llevó una mano al pecho.

—¡Nos dijiste que eras soltero!

—Yo quería explicarlo…

Daniela comenzó a reír mientras lloraba.

—¿Cuándo? ¿Después de nuestro compromiso?

Mauricio intentó acercarse.

—Tu papá estaba muy enfermo. Él me pidió que cuidara de ti.

Yo sentí que algo dentro de mí se helaba.

—Qué admirable —dije—. El padre de Daniela estaba enfermo y pudiste pasar tres meses junto a su cama. Cuando mi padre estaba muriendo, te rogué que regresaras unas horas y me dijiste: “No soy médico, ¿para qué quieres que vuelva?”

Mauricio palideció.

—Mariana…

—Mi papá murió preguntando por ti.

Daniela dejó de llorar por un instante.

Me miró.

Y por primera vez entendió que ella no era la única mujer engañada en aquella sala.

Entonces abrí otra carpeta.

Saqué un documento que había firmado esa misma mañana.

Lo puse frente a Mauricio.

—Es la demanda de divorcio.

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