Llegué al funeral de un cliente y reconocí enseguida al hombre que llevaba tres meses diciéndome que estaba en el extranjero: era mi esposo, con una flor blanca y presentado ante todos como el futuro marido de otra mujer. “No es lo que parece”, murmuró. Yo solo sonreí, guardé el teléfono con nuestras conversaciones y esperé, porque al día siguiente serían ellos quienes vendrían a acusarme públicamente.

—No. Daniela encendió la luz. Lo que había dentro de la habitación ya estaba roto.

Firmó.

Cuando salimos, cada uno recibió su copia.

Mauricio permaneció frente al edificio.

Yo caminé hacia mi automóvil sin volverme.

Por primera vez en siete años no tenía que preguntarme dónde estaba, con quién hablaba o por qué no contestaba.

Su vida había dejado de ser mi problema.

El proyecto con Daniela finalmente no continuó. Ambas empresas consideraron que después de todo lo ocurrido ya no existían condiciones sanas para trabajar juntas.

Semanas más tarde conseguí otro cliente.

No era un contrato tan grande, pero las reuniones eran claras, profesionales y tranquilas.

Un día Arturo entró a mi oficina.

—Te debemos una disculpa.

—Una disculpa no sirve si la próxima vez vuelven a pedirle a la víctima que baje la cabeza para salvar un contrato.

Asintió.

—Tienes razón.

No supe si realmente había aprendido algo.

Pero yo sí.

Aquel domingo fui con mi madre al cementerio.

Llevamos flores frescas.

Limpié con un pañuelo la fotografía de mi padre.

Seguía teniendo aquella sonrisa serena que recordaba desde niña.

Me quedé en silencio frente a él.

Mi madre se alejó unos pasos para dejarme sola.

—Papá —susurré—, me divorcié.

El viento movió las ramas de los árboles.

—Perdóname por haberte mentido aquella noche. Mauricio nunca venía en camino.

Sentí un nudo en la garganta.

—Pero creo que tú ya lo sabías.

Dejé las flores sobre la tumba.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *