Había corrido de madrugada porque creyó que su pareja estaba en peligro.
Había aceptado un procedimiento médico sin cuestionarlo porque alguien que decía quererla le había hecho creer que esa era la prueba de amor que debía superar.
Y mientras ella hacía todo eso, ellos estaban contando.
Noventa y seis.
La cifra se convirtió en una frontera.
Ya no importaba cuántas pruebas anteriores pudiera recordar.
Importaba que existía un plan.
Un número final.
Y una mujer llamada Camila esperando al otro lado de ese número.
Valeria cerró la maleta.
No lloró.
Todavía no.
Antes necesitaba saber hasta dónde llegaba la mentira.
Porque si los documentos universitarios habían sido falsificados a propósito, si aquella supuesta enfermedad había sido inventada y si el accidente de esa madrugada también había sido una actuación, entonces tres años de recuerdos podían contener muchas cosas que ella había interpretado mal.
La pregunta ya no era si Diego la amaba.
La pregunta era cuánto de la relación había sido real.
A la mañana siguiente, Valeria regresó a revisar sus cosas sin avisarle a Diego.
Encontró fotografías, regalos, recibos y pequeños objetos que durante años habían parecido pruebas de una relación normal.
Ahora los miraba de otra manera.
No porque todos fueran falsos.
Sino porque ya no sabía cuáles habían nacido de una decisión sincera y cuáles habían sido utilizados para mantenerla dentro del juego.
Entonces recordó algo aparentemente insignificante.
Una fotografía que Diego siempre había guardado en un cajón y que nunca dejaba que ella revisara.
Hasta ese momento nunca había insistido.