Algo que le habría metido en la cartera a un chico de diecinueve años al final de un muelle hace cincuenta y ocho años.
Algo que me dijo que había perdido.
No oí entrar a Arthur. Estaba parado en la puerta con dos tazas de café. Me estaba observando.
—Lo reconoces —dijo en voz baja. No era una pregunta.Me di la vuelta. No podía hablar. Todo mi cuerpo temblaba.
—Owens —dijo Arthur—. J. Owens. He visto ese nombre todos los días durante cincuenta y siete años. Nunca supe qué significaba la J. —Dejó las tazas de café en la mesita auxiliar. Le temblaban las manos—. Cuando me dijiste el jueves que pintabas garzas, que creciste junto a un lago, en Ohio, en el lago Milton. —Tragó saliva—. George me dijo que era el lago Milton. Dijo que era el lugar más hermoso del mundo.
—George —susurré.
—George —dijo Arthur—. Tu George. Apostaría mi vida a ello. Alto. Delgado. Orejas grandes como las mías. Se reía como un estornudo. Un paramédico de Dustoff. De Ohio. —Me miró—. ¿Es él?
Me senté en el sofá de cuero marrón. Mis piernas ya no me sostenían.
—Ese es él —dije.
Arthur se sentó a mi lado. No demasiado cerca. Me ofreció unade las tazas de café. No pude sujetarla. La tomó y la dejó sobre la mesa.
—Quiero contarte cómo lo conseguí —dijo—. Si me lo permites.
Asentí con la cabeza.