precisamente para comprarlas.
Su empresa necesitaba esas parcelas para cerrar el contrato más grande que había tenido hasta entonces.
Había pensado que bastaba con hacer una oferta.
Dinero.
Una cantidad suficientemente alta.
Después, volvería a su vida.
Eso era todo.
O eso había creído.
Lucía negó con la cabeza.
—No puedes comprar esas tierras como si fueran cualquier cosa.
—Son tuyas.
—Ahora sí.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Lucía tomó el recibo y lo guardó otra vez.
—Significa que durante el tiempo en que tú estabas haciendo crecer tu empresa, alguien estaba evitando que perdiéramos todo.
Mateo no respondió.
—¿Quién?
Lucía mencionó nuevamente el nombre que aparecía en el recibo.
Mateo sintió que la historia cambiaba de dirección.
Aquella persona no solo había aparecido para ayudar con el parto.
También había intervenido en un momento en que las deudas podían haberle quitado a Lucía la posibilidad de conservar