regresado, aceptó que no podía controlar el siguiente paso.
La noche comenzó a caer sobre el pueblo.
Los niños entraron a la casa.
Lucía fue detrás de ellos.
Mateo permaneció afuera unos segundos, mirando la parcela que había considerado un simple activo para su empresa.
Luego dejó el teléfono sobre el cofre de la camioneta y no llamó a sus socios.
No habló del contrato.
No habló del precio.
Entró a la casa.
Los tres niños estaban alrededor de una mesa pequeña.
Uno de ellos le hizo un espacio.
Mateo se sentó.
No sabía todavía cómo ser padre de tres niños que habían aprendido a crecer sin él.
Pero aquella noche tomó la primera decisión que no tenía nada que ver con dinero.
Se quedó.
Y mientras Lucía guardaba nuevamente la pulsera del hospital, Mateo entendió que el verdadero precio de su ausencia no estaba escrito en ningún recibo.
Estaba