Esta vez no era Álvaro.
Martina se detuvo frente a la puerta abierta.
—¿Te encuentras mejor?
—Un poco.
—Álvaro está preocupado. Dice que deberías evitar el ordenador por ahora.
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Sofía apartó las manos del teclado.
—¿Por qué?
—Por el golpe. No es bueno que te esfuerces.
—Puedo leer.
Martina apretó los labios.
—No estoy diciendo que no puedas. Solo que deberías tener cuidado.
La conversación terminó sin una discusión abierta. Martina se retiró y Sofía se quedó pensando en lo que acababa de escuchar. La preocupación por su salud era razonable, pero empezaba a resultarle difícil separar los consejos sinceros de las órdenes que habían marcado su vida durante años.
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Esa tarde, Álvaro recibió una llamada. Sofía estaba en la sala cuando lo vio contestar y caminar hacia el pasillo. No alcanzó a escuchar toda la conversación, pero sí distinguió una frase.
—No puede seguir así. Tenemos que resolverlo mañana.
Álvaro se alejó antes de que ella pudiera escuchar algo más.
Sofía permaneció sentada, con las manos juntas sobre las piernas. La frase coincidía con las palabras que había oído después de la caída. ¿A qué se refería exactamente? ¿A la prueba de ADN? ¿A su recuperación? ¿A su familia?