—¿Quiénes son?
Andrés se quedó mirándome.
—Personas que tu marido conoció hace muchos años.
—¿Por qué lo perseguían?
—Porque descubrió algo que nunca debió descubrir.
—¿Qué?
Andrés respiró profundamente.
—Tu marido trabajaba en una empresa de construcción.
—Lo sé.
—No sabes todo.
Comenzamos a caminar.
—Hace años, mientras trabajaba en uno de los proyectos, descubrió movimientos de dinero que no tenían sentido. Contratos falsos. Empresas que aparecían y desaparecían. Personas que cobraban millones sin haber realizado ningún trabajo.
—¿Y qué hizo?
—Investigó.
—¿Solo?
—Al principio sí.
Andrés hizo una pausa.
—Después descubrió que algunas personas muy importantes estaban involucradas.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Y por eso fingieron su muerte?
—No exactamente.
—Entonces dime la verdad.
Andrés se detuvo.
—Tu marido recibió amenazas.
—¿Por qué nunca me dijo nada?
—Porque sabía que si te lo decía, te pondría en peligro.
—¡Pero yo era su esposa!
—Precisamente por eso.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Entonces decidió desaparecer.
Andrés asintió.
—La enfermedad fue una historia inventada. El hospital colaboró. El cuerpo que viste pertenecía a otra persona.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Y durante cinco meses?
—Estuvo escondido.
—¿Dónde?
Andrés me miró.
—No muy lejos.
—¿Qué quieres decir?
—A menos de cien kilómetros de ti.
Me quedé en silencio.
Cinco meses.
Mientras yo lloraba frente a su fotografía…
Él estaba vivo.
En algún lugar.
Respirando.
Esperando.
O escondiéndose.
—¿Por qué no regresó?
Andrés bajó la mirada.
—Porque había una condición.
—¿Cuál?
—Que tú también desaparecieras.
Lo miré sin comprender.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque descubrieron que eras la única persona capaz de llevarlos hasta él.
Sentí un escalofrío.
Entonces recordé algo.