—Lo que es imposible es que tú sigas creyendo que tu marido murió hace cinco meses.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿Qué quieres decir?
Andrés se sentó.
Por primera vez, parecía cansado.
—Tu marido no murió de una enfermedad.
No pude respirar.
—No.
—Su muerte fue fingida.
—No.
—Y tú no eras la única persona que debía creerlo.
Negué con la cabeza.
—Los médicos…
—Fueron parte del plan.
—El hospital…
—También.
—Yo vi su cuerpo.
Andrés cerró los ojos.
—Viste un cuerpo.
No supe qué responder.
—¿Quieres saber por qué?
Asentí lentamente.
Andrés sacó un sobre de un cajón.
Lo dejó sobre la mesa.
Mi nombre estaba escrito en él.
Con la letra de mi esposo.
Lo reconocí inmediatamente.
Mis manos temblaban tanto que apenas podía abrirlo.
Dentro había una sola hoja.
La desplegué.
Solo había una frase:
“Si estás leyendo esto, significa que ya me encontraste. Perdóname. Pero tuve que hacerte creer que estaba muerto para mantenerte con vida.”
Sentí que el papel se me escapaba de las manos.
—¿Mantenerme con vida?