Sebastian miró a la niña Natalie entre sus padres.
Su madre tenía una mano sobre el hombro
de la pequeña.
Ahora lo veía.
Protección.
Nocasualidad.
—¿Qué pasó después?
—Vivimos en Vermont.
—Mi madre murió cuando yo tenía veintidós.
—Y Katherine?
—Seguimos escribiéndonos.
—Hasta que enfermó.
Sebastian sintió rabia.
—¿Por qué no me dijo nada antes de morir?
—Quería.
—Entonces?
—Tu padre había dejado disposiciones testamentarias complicadas.
—Ella temía que si aparecía mi identidad antes de resolverlas, hubiera una disputa pública.
—Yo no quería nada.
—Nunca quise el dinero Cross.
Sebastian se rio sin humor.
—Todo el mundo dice eso justo antes de hablar de dinero.
Natalie lo miró.
—Llevo ocho años limpiando tu casa.
Eso lo hizo callar.
—Si quisiera dinero, elegí una estrategia ridículamente lenta.
Punto para ella.
—Entonces por qué aceptaste trabajar aquí?
—Porque Katherine me dejó una carta.
—Dónde?
Natalie señaló la llave.
—Dentro del compartimento que abre eso.
Silencio.
—Pero no tenías la llave.
—No.
—Pensaba que ella la había escondido aquí.
—Busqué?
—Durante años?
—No registraba tu habitación.
Pausa.
—Trabajaba aquí porque era el único lugar donde podía estar cerca del archivo sin levantar sospechas.
Sebastian sintió una oleada de indignación.
—Entonces sí viniste infiltrada.
—Vine buscando una carta que tu madre me dijo que algún día debía encontrar.
—Es diferente?
—Sí.
—Mucho.
—Desde tu perspectiva.
—Desde la mía también.
Ella no retrocedió.
Eso empezaba a resultarle irritantemente familiar.
—Y Mia?
—No debía estar aquí.
—Entonces cómo encontró la llave?
Natalie palideció otra vez.
—Eso es lo que no entiendo.
Fueron al armario.
La llave encajó en una pequeña ranura detrás del revestimiento.
Sebastian había vivido en esa habitación años sin verla.
Giró.
Un panel estrecho se abrió.
Dentro había tres sobres.