part 2 Los hijos que intentaron ocultarme

—Que quizá no fue casualidad que aparecieran ahora.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Estás diciendo que Cassandra planeó encontrarme?

—Estoy diciendo que deberías preguntarte por qué.

Colgué.

Pero la duda ya estaba plantada.

Y eso me enfureció.

No con Cassandra.

Conmigo.

Porque una parte de mí seguía pensando como ejecutivo.

Evaluando riesgos.

Buscando motivos.

Calculando probabilidades.

En vez de simplemente aceptar que una mujer a la que había amado durante años había tenido dos hijos míos y había intentado decírmelo.

Me senté en el borde de la cama.

Entonces escuché un golpe suave en la puerta.

Era Cassandra.

Tenía los ojos rojos.

—Necesito contarte algo.

Me levanté.

—Adelante.

Entró.

Cerró la puerta.

Y sacó una fotografía.

Era una fotografía de mi padre.

Estaba parado frente a un edificio.

A su lado había un hombre que yo conocía.

El fundador de Merritt Systems.

El hombre cuya empresa estaba a punto de venderme su tecnología por 780 millones de dólares.

Miré la foto.

—¿Cuándo fue tomada?

—Hace tres años.

—Mi padre ya había muerto.

—Exactamente.

La miré.

—¿Qué significa?

Cassandra tragó saliva.

—Que tu padre no estaba muerto.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Eso es imposible.

—Yo también lo creí.

—Cassandra…

—Lo vi.

—¿Dónde?

—En Vancouver.

No pude hablar.

—Hace dos años —continuó—. Yo estaba buscando trabajo. Una de las empresas para las que había trabajado tenía una conferencia allí. Lo vi salir de un edificio.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque estaba embarazada.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Cassandra me miró directamente.

—Porque la persona que me vio hablando con él me dijo que si quería que mis hijos estuvieran a salvo, debía alejarme de ti.

El silencio llenó la habitación.

—¿Quién?

Cassandra sacó otra hoja.

La dejó sobre la mesa.

Había una firma.

Mi padre.

Debajo, una frase escrita a mano.

“Damon nunca debe saber que los niños existen.”

Sentí que las piernas me fallaban.

Me senté.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Quién te dio esto?

Cassandra negó con la cabeza.

—No puedo decirte.

—¿Por qué?

—Porque prometí que nunca lo diría.

—¿A quién?

Ella me miró.

—A tu padre.


No dormí esa noche.

A las cinco de la mañana, Luke entró en mi habitación.

No sé cómo consiguió abrir la puerta.

Se quedó parado en el umbral con su pijama azul y el crayón rojo todavía en la mano.

—Papá.

Me quedé inmóvil.

Era la primera vez que me llamaba así.

—¿Sí?

—Tengo hambre.

Sonreí.

—Yo también.

—¿Sabes hacer panqueques?

—No.

—Mamá sí.

—Entonces tendremos que aprender.

Luke sonrió.

—¿Juntos?

Tragué saliva.

—Juntos.

Fuimos a la cocina del hotel.

Intenté hacer panqueques.

El primero quedó quemado.

El segundo parecía una isla.

El tercero se pegó al techo cuando intenté darle la vuelta.

Luke se rio tanto que terminó sentado en el suelo.

Cassandra apareció en la puerta.

Por unos segundos simplemente nos observó.

Yo, cubierto de harina.

Luke riendo.

Violet todavía dormida en sus brazos.

Y pude ver algo en su rostro.

No era perdón.

Todavía no.

Era memoria.

La memoria de cómo habíamos sido antes de que todo se rompiera.

—Siempre quemabas los panqueques —dijo.

La miré.

—¿Siempre?

—Los domingos.

Sonreí.

—No recuerdo eso.

—Yo sí.

Hubo un silencio.

—Cassandra.

—¿Sí?

—Quiero conocerlos.

—Ya los conoces.

—No.

Miré a Luke.

—Quiero conocerlos de verdad.

Cassandra bajó la mirada.

—Entonces tendrás que empezar desde cero.

—Lo haré.

—No será fácil.

—Nunca he sabido hacer las cosas fáciles.

Ella sonrió ligeramente.

—Eso es verdad.

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