Sus ojos se abrieron.
—¿Cuántos bebés?
Tragué saliva.
—Tres.
La mujer se levantó inmediatamente.
—Creo que debería sentarse.
Otra contracción atravesó mi cuerpo.
Esta vez tuve que sujetarme del asiento.
Entonces sentí calor entre las piernas.
Miré hacia abajo.
Mi corazón se detuvo.
—No.
La mujer entendió antes que yo.
—¿Se rompió la fuente?
Asentí.
Alguien tomó el teléfono.
—Ya llamaron al 911.
Intenté mantener la respiración estable.
Pero el miedo llegó de golpe.
Veintiocho semanas.
Tres bebés.
Sin Ethan.
Sin familia cerca.
Sin dinero disponible.
Y sin saber siquiera dónde dormiría aquella noche.
A través de la ventana vi las luces de la ciudad deformarse bajo la lluvia.
Entonces aparecieron unos faros detrás del autobús.
Un automóvil negro se detuvo junto a la acera.
La puerta trasera se abrió.
Un hombre alto salió bajo la tormenta.
Llevaba un abrigo oscuro y no parecía importarle que la lluvia empapara completamente sus hombros.
Miró hacia el interior del autobús.
Sus ojos encontraron los míos.
Se quedó inmóvil.
Después empezó a correr.
Subió los escalones justo cuando dos paramédicos llegaron por la puerta delantera.
—¿Claire Mercer?
Sentí un escalofrío.
—¿Quién es usted?
El desconocido no respondió inmediatamente.