Siempre en el jardín trasero.
Siempre después de visitar a Gonzalo.
Y siempre repetía una frase:
—No puede durar mucho más.
Mariana comenzó a anotar fechas y horarios en un cuaderno escondido detrás de una caja de pañales.
Lunes.
Medicamento.
Martes.
Nueva dosis.
Miércoles.
Llamada de Mauricio.
Jueves.
Visita del médico.
Viernes.
Documentos de herencia.
La situación empezó a adquirir una estructura.
Y entonces encontró algo todavía más inquietante.
Una tarde, mientras limpiaba el despacho de Gonzalo, vio una carpeta abierta sobre el escritorio.
No debería haberla tocado.
Pero el apellido de Mauricio apareció en la primera página.
Mariana se quedó inmóvil.
La carpeta contenía documentos corporativos.
Transferencias.
Poderes.
Acciones.
Y una modificación reciente de los beneficiarios.
Según el documento, Mauricio recibiría una participación enorme de las empresas de Gonzalo si este fallecía antes de una fecha determinada.
Mariana sintió que el estómago se le cerraba.
No era solo una cuestión de dinero.
Había una fecha.
Una fecha cercana.
Y coincidía con la predicción médica de la muerte de Gonzalo.
Aquello no podía ser casualidad.
Guardó la información en su memoria y cerró la carpeta.
Pero cuando se dio la vuelta, encontró a Mauricio parado en la puerta.
—¿Qué haces?
Mariana sintió que el corazón se le detenía.
—Limpiando.
Mauricio miró la carpeta.
Después la miró a ella.
—No necesitas limpiar ese escritorio.
—Lo siento.
—No vuelvas a tocar documentos de mi tío.
Mariana bajó la cabeza.
—Entendido.