A los 78 años me casé con un hombre rico para proteger sus últimos días

Roberto también colaboraba discretamente.

Daniel era diferente.

Después de aquella partida de ajedrez desaparecióotros en los que mis rodillas me recordaban, antes incluso de levantarme, que el tiempo seguía avanzando. Por eso convoqué al consejo de la Fundación Elena.

—Tenemos que preparar el futuro —les dije—. No quiero que dentro de diez años alguien vuelva a convertir esto en una pelea por dinero.

Álvaro sonrió desde el otro extremo de la mesa.

—Harrison habría dicho exactamente lo mismo.

Modificamos los estatutos para proteger permanentemente el patrimonio destinado a los residentes. Ningún presidente futuro podría vender los centros para repartir beneficios privados, y una parte de los fondos quedaría reservada para personas mayores sin familia o con recursos limitados.

Pero todavía quedaba una cuestión que me preocupaba.

Los hijos de Harrison.

Patricia había cambiado mucho. Visitaba los centros con frecuencia y, para mi sorpresa, nunca pidió ocupar un puesto importante.

Roberto también colaboraba discretamente.

Daniel era diferente.

Después de aquella partida de ajedrez desapareciódurante casi tres meses.

No llamó.

No escribió.

Pensé que quizá la vergüenza había sido demasiado grande.

Hasta que una mañana lo encontré sentado en el patio de la residencia.

Solo.

En el mismo lugar donde Harrison y yo nos habíamos conocido.

—Pensé que no volverías —le dije.

Daniel levantó la mirada.

—Yo también.

Me senté frente a él.

Sobre la mesa había una vieja fotografía de Harrison.

—Encontré algo —dijo.

Me entregó una carpeta.

Dentro había documentos de una propiedad situada en las afueras de Madrid. Era una enorme casa familiar que Harrison había comprado décadas atrás.

—Papá me la transfirió hace quince años.

—Entonces es tuya.

—Sí.

—¿Y por qué me enseñas esto?

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