Me equivocaba.
Dos días después, Patricia apareció sola en la residencia.
No llevaba abogado.
No llevaba documentos.
Parecía agotada.
—Necesito hablar contigo.
—Puedes hablar con Álvaro.
—No. Contigo.
Nos sentamos en el patio donde Harrison y yo habíamos jugado nuestra primera partida de ajedrez.
Patricia permaneció en silencio durante varios segundos.
—Daniel sabe que habéis encontrado la grabación.
La miré sorprendida.
—¿Cómo?
—Porque el doctor Valdés lo llamó.
—Entonces están preocupados.
Patricia soltó una risa amarga.
—No tienes idea.
Sacó su teléfono.
—Mi hermano lleva años controlándolo todo. Las empresas, las cuentas familiares, incluso lo que Roberto y yo recibíamos de nuestro padre.
—¿Y eso debería hacer que sienta penapor vosotros?
—No.
Su respuesta me sorprendió.
—Vine porque mi padre tenía razón sobre nosotros.
No dije nada.
Patricia miró hacia el árbol bajo el que Harrison solía sentarse.
—Cuando mamá murió, papá se volvió distante. O quizá nosotros dejamos de intentar entenderlo. Daniel empezó a ocuparse de los negocios y nos convenció de que papá estaba regalando nuestra herencia a desconocidos.
—No eran desconocidos. Eran personas que necesitaban ayuda.
—Ahora lo sé.
—¿Ahora?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Encontré esto después del funeral.
Me entregó el teléfono.
Era un vídeo.