—Entonces el informe puede ser falso.
—Eso tendremos que demostrar.
Guardé cuidadosamente la carta de Elena.
Por primera vez desde que había comenzado todo, ya no sentía miedo.
—¿Cuándo es la vista?
—Dentro de dos semanas.
—Entonces tenemos dos semanas.
Álvaro me observó.
—Isabel, esto puede convertirse en algo muy desagradable. Sus vidas privadas serán examinadas. Sus hijos intentarán desacreditarla.
—Que lo intenten.
Tomé la fotografía de Harrison y Elena.
—Durante dos años cuidé a un hombre al que ellos prácticamente habían abandonado. No pienso permitir que ahora destruyan lo que construyó durante treinta años.
Regresamos a la residencia aquella tarde.
Cuando entré en la antigua suite de Harrison, todo seguía exactamente como él lo había dejado.
Su sillón.
Sus libros.
El tablero de ajedrez.
Me acerqué lentamente.
Había una partida sin terminar.
Nuestra última partida.
Harrison llevaba las negras.
Yo había olvidado completamente aquel tablero después desu muerte.
Me senté en mi antigua silla.
Entonces observé algo extraño.
Debajo del rey negro sobresalía una pequeña esquina de papel.
Levanté la pieza.
Había una nota doblada.
Mi nombre estaba escrito fuera.
Isabel.
La abrí.
Solo contenía dos frases:
“Si mis hijos dicen que he perdido la memoria, pregunta por la partida número 642.
Y recuerda: el rey nunca fue la pieza más importante.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
No entendía qué significaban.
Entonces recordé algo que Harrison hacía después de cada partida.
Sacaba una pequeña libreta negra y apuntaba el resultado.
Siempre pensé que simplemente llevaba la cuenta de nuestras victorias.
Me levanté y fui hacia su escritorio.
Abrí el primer cajón.
Nada.
El segundo.
Nada.
En el tercero encontré varias libretas.
Comencé a buscar.
Partida 638.
Pasé la página.
642.
Pero no había ningún resultado.
Solo una fecha.
La misma fecha que aparecía en el supuestoinforme médico.