A los 78 años me casé con un hombre rico para proteger sus últimos días

—¿Cómo se llama?

Elena miró directamente hacia la cámara.

—Isabel.

Sentí que se me erizaba la piel.

La grabación terminópoco después.

Durante varios minutos ninguno de nosotros habló.

Finalmente Álvaro rompió el silencio.

—Ahora entiende por qué Harrison nunca quiso que la fundación desapareciera.

Asentí.

Pero entonces recordé a Daniel.

—Y sus hijos quieren destruir todo esto.

—Quieren controlar los activos.

—¿Pueden hacerlo?

Álvaro dudó.

—Existe una posibilidad.

Aquello me puso en alerta.

—¿Qué posibilidad?

—Si consiguen demostrar que Harrison no tenía plena capacidad mental cuando reorganizó su patrimonio, pueden impugnar las últimas modificaciones.

—Pero Harrison estaba perfectamente lúcido.

—Lo sé. Sus médicos también.

—Entonces no tienen nada.

Álvaro cerró lentamente la caja.

—Eso pensábamos.

—¿Qué quiere decir?

Sacó su teléfono y me mostró un correo recibido aquella mañana.

Los hijos de Harrison habían presentado formalmente una demanda.

Afirmaban que yo había manipulado a su padre durante sus últimos años.

Que había aprovechado su fragilidad.

Que lo había convencido para casarse conmigo.

Y que después lo había presionado paratransferir su fortuna a una fundación que yo terminaría controlando.

Sentí rabia.

—Eso es mentira.

—Tendremos que demostrarlo.

—Tenemos las cartas.

—Sí.

—Tenemos esta grabación.

—También.

—Tenemos médicos, trabajadores de la residencia…

—Todo eso ayudará.

Pero la expresión de Álvaro seguía preocupándome.

—¿Qué no me está diciendo?

Suspiró.

—Han presentado un informe médico.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué informe?

—Uno firmado seis meses antes de la boda.

Según aquel documento, Harrison sufría un deterioro cognitivo avanzado.

Lo miré incrédula.

—Eso es imposible.

Yo había pasado horas jugando al ajedrez con él. Harrison recordaba fechas, nombres, inversiones, conversaciones enteras.

Seis meses antes de nuestra boda era perfectamente capaz de tomar decisiones.

—¿Quién firmó ese informe?

Álvaro giró la pantalla.

Leí el nombre.

Dr. Esteban Valdés.

Lo reconocí.

Había sido uno de los médicos privados que los hijos de Harrison llevaron a la residencia cuando empezaron a intentar controlar sus decisiones.

—Harrison loodiaba.

—Precisamente.

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