Caminaron rápido por el pasillo. Alejandro entró a su despacho usando su huella digital y sacó de la caja fuerte los documentos que probaban el fraude. De pronto, una vocecita quebrada resonó detrás de ellos. “María… ¿con quién estás?”. Era Victoria. Se había quedado paralizada al ver a su padre. “Papá… ¿regresaste por mí?”, preguntó, negando con la cabeza al instante. “No, tú nunca regresas por mí”.
A Alejandro le costó el alma no desplomarse. Se arrodilló frente a ella y le mostró la caja de madera de María, sus dibujos, las cartas, la pulserita de oro. “Me robaron esto, mi amor. Me robaron todos estos años y te hicieron creer que no me importabas. Pero esta noche, eso se acabó”. Victoria lloró, pero esta vez de alivio. Corrió al mueble de la tele, quitó un panel falso y sacó un cuaderno negro lleno de apuntes.
“Empecé a anotar todo lo que escuchaba a escondidas hace años, papá. Fechas, cuentas, llamadas de mi mamá y de mi padrino. Sabía que algún día me ibas a creer”, dijo la niña. En ese momento, Don Arturo, el viejo chofer y mayordomo de la familia, apareció agitado. “Patrón, tenemos que pelarnos de aquí ya. La señora viene para acá”. Arturo los sacó por la cochera trasera, subiéndolos a un auto viejo y discreto.
“Tú vienes con nosotros, María”, ordenó Alejandro. “Si te quedas, te van a destrozar. Eres el testigo clave”. María asintió, llorando de gratitud. Arturo abrió el zaguán y, antes de que arrancaran, se asomó por la ventana y le dijo a Alejandro: “Señor, cuando estén a salvo, pregúntele a María por qué entró a trabajar a esta casa. Ella vino a cumplir una promesa que le hizo a alguien muy importante en el panteón”.
Manejaron por calles oscuras hasta llegar a un pequeño departamento en la colonia Condesa, una propiedad secreta que Rebeca desconocía. Victoria se quedó dormida en el sillón, abrazando su pulsera y la mano de su padre. En la cocina, Alejandro le preparó un café a María y se sentó frente a ella. “Arturo me dejó intrigado. ¿Qué promesa hiciste, María? ¿Por qué aguantaste tantos años de humillaciones en esa casa?”.
María suspiró, limpiándose las lágrimas. “Hace muchos años, señor, yo era muy pobre. Tenía a mi esposo Isaac muy enfermo y un niño chiquito. Un día en el tianguis, mi hijo se me perdió. Pensé que me volvía loca. Pero un señor de traje lo encontró, lo cargó por todo el mercado y me lo devolvió sin pedir nada a cambio. Ese hombre era su padre, don Eduardo Montero”. Alejandro sintió un nudo en la garganta.
“Cuando mi esposo empeoró, su papá me dio trabajo sin conocerme. Pagó las quimioterapias de Isaac, las medicinas, todo en secreto”, continuó María. “Cuando mi esposo murió, don Eduardo fue al velorio. Ahí me tomó de los hombros y me dijo: ‘María, yo también tengo un hijo. Si algún día ya no estoy y lo ves rodeado de gente mala, prométeme que lo vas a cuidar’. Se lo juré sobre la tumba de mi viejo, señor”.