parte 2 / EL MAGNATE LLEGÓ CON ROSAS PARA SU ESPOSA, PERO LA EMPLEADA LE TAPÓ LA BOCA: “¡SILENCIO, TIENE QUE VER ESTO YA!”

Alejandro abrió la caja y encontró decenas de sobres amarillentos, dibujos infantiles y cartas. Había un dibujo de un hombre de traje sosteniendo a una niña: “Papi, te extraño”. Había cartas sobre recitales de piano a los que él nunca fue porque Rebeca jamás le avisó. Y en el fondo, una bolsita de terciopelo con una pulsera de oro. Era la esclava de la abuela, la que Rebeca juró que Victoria había perdido en el Bosque de Chapultepec por “descuidada”.

 

“Su esposa le dijo a la niña que usted le quitó la pulsera como castigo por no valorarla”, confesó María. Alejandro sintió que el mundo se le caía encima. ¿Por qué su propia esposa haría algo tan cruel? Antes de poder procesarlo, escucharon pasos pesados subiendo la escalera principal. Risas bajas y voces acercándose. María apagó la luz del cuartito rápido, dejando la puerta emparejada. En la penumbra, Alejandro reconoció las voces.

 

Era Rebeca, su elegante esposa, y junto a ella venía Sebastián Cruz. Sebastián no solo era su mejor amigo y socio comercial por más de 20 años, sino también el padrino de Victoria. El hombre que lloró a su lado cuando murió su padre. “Relájate, aquí nadie nos va a escuchar”, dijo Sebastián, riendo. “Los invitados creen que fui al baño”, susurró Rebeca. “Solo quiero repasar el plan para mañana en la junta”.

 

“En cuanto firmes el traspaso de las acciones a mi prestanombres, Alejandro se queda en la calle. La junta directiva votará a mi favor. Está del otro lado del mundo cerrando un trato que, la neta, ya va a ser mío”, dijo Sebastián con burla. Rebeca soltó una carcajada fría, de esas que hielan la sangre. “¿Y la escuincla?”, preguntó ella con desprecio. “Yo me encargo de Victoria. Con los reportes psiquiátricos falsos, le quitaremos la custodia al instante”, respondió él.

 

“Un hombre arruinado, quebrado y sin casa no puede criar a una adolescente rebelde. Se quedará con nosotros, mi amor”, sentenció Sebastián, besando a Rebeca. Algo dentro de Alejandro se rompió para siempre, pero en lugar de dolor, nació una furia volcánica. Iban a robarle la empresa, su dinero y, lo más sagrado, iban a encerrar a su hija en una clínica psiquiátrica para quedarse con todo. Por eso Victoria huía, porque sabía que era una prisionera.

 

Los amantes se alejaron y regresaron a la fiesta. Alejandro prendió la luz del cuartito, sudando frío. Sacó su celular: 27 llamadas perdidas del número fijo de su propia casa, un número que Rebeca había bloqueado en su teléfono para que Victoria no pudiera contactarlo. “María, esta noche nadie le quita nada a mi hija. Y tú vas a ser mi testigo”, dijo Alejandro, con una voz nueva, firme y peligrosa.

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