parte 2 / EL MAGNATE LLEGÓ CON ROSAS PARA SU ESPOSA, PERO LA EMPLEADA LE TAPÓ LA BOCA: “¡SILENCIO, TIENE QUE VER ESTO YA!”

PARTE 2

“Llévame”, susurró Alejandro con la garganta seca, soltando lentamente la mano de la empleada. Subieron por la escalera de caracol de servicio, esa que estaba oculta detrás de la alacena y que los patrones casi nunca usaban. Los escalones crujían ligeramente. Las rosas se iban marchitando por la fuerza con la que Alejandro apretaba los tallos. Llegaron al segundo piso, justo frente a la puerta entreabierta de la recámara de Victoria.

 

“Entre con mucho cuidado, patrón. No haga ruido. Solo observe”, susurró María, apartándose un poco. Alejandro empujó la puerta de madera apenas unos centímetros. Lo que vio le robó el aliento. Su hija adolescente, la niña que apenas veía por sus malditos viajes de negocios, estaba sentada en el piso, abrazando sus rodillas, llorando con un dolor mudo y desgarrador.

 

A su alrededor había 2 maletas abiertas y ropa tirada a lo güey. Sobre la cama descansaba un sobre cerrado. Y en las manos de Victoria, apretada contra su pecho como si fuera su único salvavidas, había una vieja fotografía. Alejandro la reconoció al instante: era una foto de ellos 2 en las playas de Acapulco cuando ella tenía 5 años. En la imagen, ambos reían. Victoria planeaba huir de la casa esa misma noche.

 

El ramo de rosas se le resbaló de las manos a Alejandro, cayendo al piso en total silencio. Las rosas quedaron esparcidas por la alfombra. “Lea la carta que dejó en la cama, señor. La escribió esta tarde”, le indicó María por la espalda. Con las piernas temblando, Alejandro entró sigilosamente por el ángulo ciego de la habitación, tomó el sobre y lo abrió. La letra redonda de su hija era un puñal directo al corazón.

 

“Papá, cuando leas esto, ya no estaré aquí. Por mucho tiempo intenté que te dieras cuenta de que existo. Saqué dieces, gané medallas, me quedé despierta esperando que llegaras. Pero siempre regresabas cansado, pegado al celular. Mi mamá tampoco me ve. Ella solo ama sus fotos de Instagram, sus vestidos caros y la gente fresa que le aplaude. Esta casa es enorme, pero está vacía. Prefiero perderme en el mundo que seguir siendo invisible en mi propia familia”.

 

Las lágrimas nublaron la vista de Alejandro. Su hija estaba a punto de desaparecer mientras su esposa brindaba 2 pisos más abajo. Se giró hacia María, destruido. “Dios mío… ¿qué he hecho?”. Pero María negó con la cabeza, con los ojos llorosos pero firmes. “Eso no es todo, señor. Hay cosas peores. Pero si entra ahora a abrazarla, ella pensará que lo hace solo para evitar un escándalo. Le han lavado el cerebro diciéndole que usted no la ama”.

 

María lo guio de regreso al pasillo de servicio, bajando hasta un rincón que Alejandro jamás había pisado: el cuarto de servicio. Era una habitación pequeñita, con una cama individual, una virgen de Guadalupe en la pared y una foto de un muchacho serio en el buró. María sacó una caja de madera vieja de debajo del colchón y se la puso en las manos. “Esto es lo que su hija intentó darle por años, y su esposa me obligaba a tirarlo a la basura”.

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