Luego miró la fotografía que Mateo había
dejado sobre la mesa.
—Así que sí la tienen.
Volteé hacia mi hijo.
—Mateo, explícame qué está pasando.
Él tragó saliva.
Por primera vez desde que empezó todo, ya no parecía un muchacho seguro de su plan. Parecía exactamente lo que era: un adolescente de catorce años que quizás había descubierto algo más grande de lo que esperaba.
Tomé la fotografía.
Había sido captada desde un ángulo alto.
Se nuestra vista entrada, parte de la calle y la camioneta de Rogelio.
Pero la bicicleta no aparecía.
La fecha correspondía a tres días antes del accidente.
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—No entiendo —dije.
Mateo señaló una esquina de la imagen.
—Mira la banquetea.
Amplié la fotografía con los dedos.
Había dos macetas grandes frente a la casa de Rogelio y, junto a ellas, una línea amarilla pintada sobre el pavimento.
—¿Y?
—Ahora sal.
Todos fuimos