carpeta.
Sacó una fotografía que yo nunca
había visto.
Y cuando la puso sobre la mesa entendió que la bicicleta aplastada probablemente era el menor de los problemas de nuestro vecino.
Porque en esa imagen apareció su camioneta…
y algo que podía demostrar que Rogelio llevaba semanas mintiéndonos a todos.
Pero antes de que pudiera preguntarle qué significaba, alguien volvió a tocar la puerta.
Esta vez era el administrador del fraccionamiento.
Y no venía solo.
El administrador del fraccionamiento entró acompañado por una mujer que yo reconocí de inmediato.
Era la señora Patricia, presidenta del comité vecinal.
Rogelio dejó de gritar.
Y eso fue lo primero que me preocupó.
Porque cinco segundos antes estaba rojo de coraje, señalando a Mateo y exigiendo que le entregáramos la carpeta. Pero en cuanto vio a Patricia, bajó la mano.
—Buenas tardes, Arturo —dijo ella, mirándome—. Necesitamos hablar sobre la camioneta del señor Rogelio.