estupidez.
Cuando regresé, casi a las tres, vi a don Julián frente a mi casa.
Tiene unos cincuenta años y vive dos puertas másadelante con su esposa y sus hijos.
—¿Qué pasó?
—Primero revisa que tengas todo.
Sentí que se me aflojaban las piernas.
Entré.
Televisión.
Laptop.
Dinero.
Todo seguía allí.
—La encontramos abierta cuando regresamos —me explicó—. Te marqué varias veces.
Saqué el celular.
Siete llamadas perdidas.
—¿Entró?
—No. No sabía si estabas adentro ni quería meterme sin permiso.
Su esposa había esperado con él un rato, pero después llevó a los niños a dormir.
Don Julián simplemente sacó una silla y se quedó vigilando desde afuera.
Me dio una vergüenza terrible.
—Yo sabía que estaba fallando la chapa.
Me miró con esa expresión que ponen los padres cuando quieren regañarte pero recuerdan que no eres su hija.
—Mañana la arreglas.
—Mañana mismo.
Le agradecí unas veinte veces.
Antes