“Mi mamá me deja sola.”
“Quiero vivir con mi abuela.”
Levanté la cabeza.
—Ella nunca dijo esto.
—Lo sé.
—Mi hija jamás diría que quiere vivir con mi madre.
—Lo sé.
—Entonces, ¿de dónde salió?
Mi padre señaló una pequeña grabadora sobre la mesa.
—De aquí.
La encendió.
Escuché la voz de mi hija.
—Quiero irme a casa.
Después la voz de mi madre.
—Si quieres volver con tu mamá, tienes que decirme la verdad.
—Pero quiero irme ahora.
—Entonces dime que mamá te deja sola.
—No.
—Dilo.
Silencio.
—Dilo, cariño.
Mi hija comenzó a llorar.
Apagué la grabadora.
Las lágrimas me llenaron los ojos.
—La estaba entrenando.
Mi padre asintió.
—Eso creo.
Me levanté.
—Voy a denunciarla.
—Todavía necesitamos una cosa.
—¿Qué?
Mi padre abrió otra carpeta.
—El nombre de la persona con la que estaba hablando.
Sacó una hoja.
Había un nombre.
Daniel Mercer.
No lo reconocí.
—¿Quién es?
—Un abogado especializado en casos de custodia.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi madre contrató a un abogado para quitarme a mi hija?
—Parece que sí.
—¿Y cómo consiguió toda esta información sobre mí?
Mi padre señaló una factura.
—Eso es lo extraño.
La factura provenía de una empresa de investigación privada.
Y en la descripción del servicio aparecía:
“Vigilancia discreta de la menor y su madre.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Mi madre había pagado para vigilarnos.
Mi propia madre.
Entonces mi padre recibió una llamada.
Contestó.
—¿Sí?
Su rostro cambió.
—¿Cuándo?
Escuchó unos segundos más.
—Entiendo.