Pero nació Emiliano.
Y para mí, todo el dolor valió la pena.
Ricardo lo vio una vez en el cunero y dijo:
—Está muy chiquito, ¿no?
Pensé que era torpeza de hombre nervioso. Pensé que aprendería a quererlo. Pensé muchas cosas para no aceptar lo evidente: Ricardo ya se había ido de mí mucho antes de salir por la puerta.
Primero fueron juntas hasta tarde. Luego cenas de trabajo. Después fines de semana “en Querétaro por un proyecto”. Yo, mientras tanto, cambiaba pañales, hacía cuentas con la tarjeta casi al límite y dormía en pedazos de veinte minutos.
Una madrugada, mientras él se bañaba, su celular vibró sobre la mesa.
“Ya te extraño. Anoche estuvo increíble.”
El contacto no tenía nombre, solo un corazón rojo.
Cuando lo enfrenté, ni siquiera se molestó