—He aprendido algunas cosas.
Nunca explicaba de dónde.
Con el tiempo consiguió empleos temporales descargando cajas en Mercamadrid,limpiando un almacén y ayudando en una empresa de mudanzas. Nunca se quedó de brazos cruzados. Si Lucía necesitaba comprar medicinas para su madre o pagar una factura inesperada, Adrián ofrecía parte de lo poco que ganaba.
Cuando le pidió salir con ella, Lucía se rio.
—No tienes casa fija.
—Lo sé.
—No tienes ni coche.
—También lo sé.
—¿Y qué puedes prometerme?
Adrián la miró sin sonreír.
—Que no voy a jugar contigo.
Eso fue suficiente.
Su familia no lo entendió. Una tía la llamó ingenua. Un primo dijo que acabaría manteniéndolo toda la vida. Solo su madre preguntó si Adrián trabajaba, si la respetaba y si la hacía sentirse segura.
Lucía respondió que sí.
Se casaron sin lujo, con 14 invitados, tortilla, croquetas, una tarta pequeña y música desde un altavoz prestado. Esa noche regresaron al piso de 38 metros cuadrados donde vivía Lucía. El techo de lacocina tenía una mancha de humedad y el sofá era tan viejo que se hundía en el centro.
Adrián miró alrededor.
—¿De verdad eres feliz aquí?
Lucía apoyó la cabeza en su hombro.
—No me he casado con el piso.
Él tuvo que apartar la mirada para que ella no viera sus lágrimas.
5 días después, a las 07:20, un claxon despertó a todo el edificio.
Lucía se asomó al balcón y vio los coches, los hombres con traje y a una mujer elegante bajando del primero.
La mujer miró hacia Adrián y rompió a llorar.
—¡Hijo!
Lucía dejó de respirar.
Uno de los hombres se acercó con respeto.