Me divorcié embarazada de tres meses; diez años después, mi exmarido entregó un premio a su propio hijo sin saber quién era

Señor Sullivan.

 

—¿Sí?

—La fotografía oficial.

—Claro.

Posó.

Sonrió.

Pero sus ojos seguían buscándonos.

En cuanto terminó la ceremonia, tomé mi bolso.

—Mamá.

Leo apareció junto a mí.

Tenía el diploma en una mano y el pequeño trofeo de cristal en la otra.

—¿Viste?

Lo abracé.

—Vi todo.

—El señor Sullivan me hizo una pregunta rarísima.

—¿Cuál?

—Mi edad.

—Quizá estaba impresionado porque eres joven para tu curso.

Leo aceptó aquella explicación inmediatamente.

—Puede ser.

Empezamos a caminar hacia la salida.

No llegamos.

—Laura.

La voz sonó detrás de mí.

Diez años.

Diez años sin escucharla pronunciando mi nombre.

Y mi cuerpo todavía la reconoció antes que mi cabeza.

Me detuve.

Leo también.

—¿Lo conoces? —preguntó.

Giré.

Ethan estaba a seis metros.

Había dejado atrás al director, a los profesores, a los fotógrafos.

Todo su autocontrol habitual había desaparecido.

—Sí —respondí.

Mi hijo me miró.

—¿De dónde?

No alcancé a

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