manejarla es agotador.
Mi hijo sonrió.
—Quiero ser astrofísico.
—Mucho mejor.
Ethan miró hacia mí.
—Publicaremos una única declaración.
—¿Qué dirá?
—Que es menor, que merece privacidad y que cualquier medio que lo siga tendrá problemas legales.
—Sin hablar de nuestra historia.
—Sin hablar de nada más.
Asentí.
Trabajamos juntos.
Era la primera crisis real como padres.
Y funcionó.
Aquella noche, después de que Leo se durmiera, Ethan permaneció en mi cocina.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por confiar en mí.
—Sobre Leo.
—Sí.
Me serví agua.
—No lo arruines.
—Intentaré no hacerlo.
Silencio.
—Laura.
—¿Sí?
—¿Alguna vez has pensado en nosotros?
Mi mano se detuvo.
—Somos padres de Leo.
—No me refiero a eso.
—Ethan.
—No estoy pidiéndote nada.
—Entonces no abras puertas que no sabes cerrar.
Su expresión cambió.
—Llevo diez años pensando en esa puerta.
—Yo no.
Era mentira.
Él lo supo.
No me contradijo.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas