las manos en los bolsillos exactamente al mismo tiempo.
Tuve que mirar hacia otro lado.
—¿Cómo estás? —preguntó Ethan.
—Bien.
—Felicidades otra vez por el premio.
—Gracias.
Más silencio.
Leo me miró.
—Esto es raro.
Casi reí.
Ethan también.
—Sí.
—Mucho.
—Muchísimo.
Aquella pequeña coincidencia rompió algo.
No el hielo completo.
Pero una grieta.
La enfermera tomó las muestras.
Antes de marcharnos Ethan preguntó:
—Leo.
Mi hijo lo miró.
—¿Puedo…?
Se detuvo.
Por primera vez en su vida, Ethan Sullivan parecía no saber formular una petición.
—¿Puedo darte mi número de teléfono?
Leo pensó.
—No tengo móvil.
Ethan parpadeó.
—Ah.
Yo tuve que ocultar una sonrisa.
—Mamá dice que hasta los diez.
—Buena regla.
Leo me miró triunfal.
—¿Ves?
—No abuses.
Ethan sacó una tarjeta.
—Entonces puedes guardarla.
Leo la tomó.
Observó el nombre.
—¿De verdad eres dueño de Sullivan Global?
—No exactamente.
—Google dice que sí.
—Google simplifica demasiado.