Entradas especiales.
Mariscos premium.
Cortes importados.
Postres exclusivos.
Botellas que normalmente se reservaban para clientes importantes.
Teresa disfrutaba cada segundo.
Se levantaba.
Presentaba platos.
Contaba historias.
Y recibía elogios por algo que nunca había construido.
—Mi nuera tiene buen gusto —decía.
Mariana escuchaba desde lejos.
La misma mujer que nunca había preguntado cómo pagaba los empleados ahora presumía el resultado de años de trabajo.
Pero entonces una de las invitadas mencionó a Mauricio.
—Hace mucho que no vemos a tu hijo.
Teresa sonrió.
—Está muy bien.
Tomó una copa.
—Aunque últimamente anda muy ocupado.
Otra mujer preguntó:
—¿Con el trabajo?
Teresa soltó una pequeña risa.
—Digamos que tiene una compañía muy agradable.
El ambiente cambió.
Mariana estaba cerca de la mesa.
Escuchó cada palabra.
—¿Qué quieres decir?
Teresa miró alrededor.
Como si estuviera contando una historia divertida.
—Ay, no voy a decir nada. Pero mi hijo siempre ha sido muy querido por las mujeres.
Algunas rieron.
Mariana permaneció inmóvil.
No porque no doliera.
Sino porque ahora tenía confirmación de algo que ya sospechaba.
Teresa sabía.
Sabía que Mauricio tenía otra relación.
Sabía que estaba usando dinero del restaurante.
Y aun así había llegado allí a gastar como si nada estuviera ocurriendo.
Tres horas después, los platos estaban vacíos.
Las botellas terminadas.
Las conversaciones continuaban.
Entonces llegó la cuenta.
Diego colocó la carpeta sobre la mesa.
Teresa la abrió con una sonrisa.
Después dejó de sonreír.
465,780 pesos.
Leyó la cifra una vez.
Luego otra.
—Debe haber un error.
Mariana se acercó lentamente.
—No hay error.
Teresa levantó la mirada.
—Pensé que eras familia.
Mariana sostuvo su mirada.
—Yo también.
Hubo silencio.
Entonces Mariana colocó otra carpeta sobre la mesa.
Esta vez nadie sonrió.
Dentro estaban los documentos.
Registros de pagos.
Transferencias.
Facturas.
Comprobantes.
Todo organizado.