Su rostro cambió.
Susurró:
—Rosie.
Elias se quedó inmóvil.
La habitación pareció detenerse.
—¿Qué dijiste?
La joven levantó lentamente la mirada.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
Porque acababa de decir algo que no debía conocer.
Algo que solamente una persona había utilizado dentro de aquella casa.
Rosalind.
La esposa fallecida de Elias.
La mujer que cultivaba rosas blancas.
La mujer que había desaparecido tres años atrás.
Elias dio un paso hacia ella.
—¿Por qué llamaste Rosie a esa flor?
Anna apretó a la bebé.
No respondió.
Y entonces Elias comprendió que aquella mujer no había aparecido por casualidad en su invernadero.
Había una razón por la que conocía ese nombre.
Había una razón por la que había elegido esconderse precisamente allí.
Y había una razón mucho más aterradora.
Porque antes de morir, Rosalind Falcone había dejado un secreto.
Un secreto que Elias nunca encontró.
Un secreto que ahora acababa de nacer bajo el techo de cristal que él había cerrado durante tres años.
Y mientras la tormenta continuaba golpeando Ashgrove, el hombre más temido de Grayport descubrió que quizá la mayor amenaza para su mundo no estaba afuera.
Estaba enterrada dentro de su propia familia.