—Otra vez, cariño.
Anna respiró profundamente.
La tormenta golpeó los cristales.
El viento rugió alrededor de Ashgrove.
Y después llegó el sonido que cambió todo.
El llanto de una bebé.
Pequeño.
Fuerte.
Vivo.
Durante unos segundos nadie habló.
Incluso Elias Falcone, un hombre que había visto morir personas frente a él sin cambiar su expresión, permaneció completamente inmóvil.
Bernadette tomó a la niña.
La envolvió en una manta limpia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Es perfecta.
Luego hizo algo inesperado.
Colocó a la bebé en los brazos de Elias.
Él se quedó rígido.
—Yo no creo que sea buena idea.
Bernadette lo miró.
—Sostenga su cabeza.
—Sé hacerlo.
—Entonces hágalo.
Elias sostuvo a la pequeña con una incomodidad que habría resultado imposible de imaginar para cualquiera que conociera su reputación.
—Parece que estoy sosteniendo algo peligroso.
Bernadette sonrió.
—Ha sostenido cosas peligrosas toda su vida.
La bebé abrió los ojos.
Durante un segundo miró directamente a Elias.
Después cerró su pequeña mano alrededor de uno de sus dedos.
Y algo dentro del hombre que todos consideraban imposible de romper comenzó a cambiar.
No fue inmediato.
No fue dramático.
Fue simplemente una grieta.
Una pequeña grieta en una pared construida durante años.
Elias entregó nuevamente la niña a su madre.
Anna la sostuvo contra su pecho.
Besó su frente.
Entonces un relámpago iluminó el fondo del invernadero.
Y Elias vio algo extraño.
Una rama junto al muro.
Una rama que él recordaba completamente seca.
Tenía tres pequeñas flores blancas.
Tres rosas.
Anna también las vio.