Nadie tenía permiso para entrar allí.
Se acercó lentamente.
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Entonces escuchó un sonido.
Un gemido débil.
No era un animal.
No era una tubería dañada.
Era una persona.
Empujó la puerta.
El viento golpeó la estructura de cristal mientras el agua entraba por varias grietas del techo.
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La luz de su linterna recorrió el interior abandonado.
Macetas viejas.
Herramientas oxidadas.
Ramas secas.
Rosales que parecían haber perdido completamente la vida.
Entonces el haz de luz se detuvo.
Una mujer estaba acurrucada junto a las plantas.
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Elias tardó varios segundos en reconocerla.
Era una de las nuevas empleadas domésticas.
Callada.
Discreta.
Una persona que parecía esforzarse constantemente por no ocupar espacio.
La señora Quinn la había contratado cuatro meses antes.
Elias probablemente había pasado junto a ella decenas de veces.
Nunca le había preguntado su nombre.
Ahora esa mujer estaba en el suelo.
Su uniforme gris estaba completamente empapado.
Su cabello oscuro estaba pegado a su rostro.
Y sus manos protegían un vientre que nadie en la mansión había notado durante meses.
Estaba embarazada.
Muy embarazada.
La mujer levantó la mirada.
—Lo siento, señor.
Elias frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
Ella miró el suelo mojado.
—Hice un desastre en su invernadero.
Por alguna razón, esa frase lo golpeó más fuerte que cualquier otra cosa.
Una mujer estaba sola.
A punto de dar a luz.
Durante una tormenta.
Y su primera preocupación era haber ensuciado el suelo de un hombre poderoso.
Elias se quitó el abrigo y lo colocó debajo de ella.
Cuando intentó ayudarla a levantarse, ella se apartó violentamente.
Su reacción fue inmediata.
Demasiado rápida.
Como alguien que esperaba dolor antes que ayuda.
Elias se quedó quieto.
—Nadie va a hacerte daño.
La expresión de ella cambió.
No parecía creerle.
Como si hubiera escuchado esa promesa antes.
Y como si alguien hubiera roto esa promesa.
Elias tomó la radio.