La esperanza de que quizá todo hubiera sido un terrible malentendido.
Ya no quedaba ninguna.
—Quiero denunciarlo —dijo.
—Lo haremos.
—Pero no quiero que sepan que estoy viva todavía.
Adriana levantó la mirada.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces tendremos que hacerlo con mucho cuidado.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Adriana reunió documentos, habló con la aseguradora y presentó una denuncia formal por falsificación y uso indebido del poder.
También pidió que se protegieran las cuentas y que se dejara constancia de que Elena seguía siendo propietaria de su casa.
Mientras tanto, Elena permaneció en la clínica.
Y Ricardo creyó que su madre seguía desaparecida.
El tercer día ocurrió algo inesperado.
La aseguradora llamó a Adriana.
—Señora Salgado, necesitamos informarle de una cosa.
—Dígame.
—El señor Ricardo Ruiz volvió a comunicarse con nosotros.
Adriana miró a Elena.
—¿Qué dijo?
—Preguntó cuánto tardaría el pago del seguro una vez presentado el certificado de defunción.
Elena cerró los ojos.
Ya no había dudas.
Pero entonces Adriana preguntó:
—¿Y qué les respondieron?
La mujer al otro lado de la línea contestó:
—Que necesitábamos el certificado de defunción y la documentación original.
Adriana respiró aliviada.
—Gracias. No hagan ningún movimiento hasta recibir instrucciones nuestras.
Colgó.
Elena la miró.
—Ahora saben que algo no salió como esperaban.
Adriana asintió.
—Y tenemos que actuar antes de que intenten borrar las pruebas.
Esa misma tarde, Elena tomó una decisión.
Quería volver a su casa.