Rogelio extendió una mano.
—Deme esos papeles y mañana revisamos todo con calma.
Elena los apretó contra el pecho.
—No.
Una palabra.
Fue suficiente.
Durante años, Rogelio había tenido las cuentas, el dinero y las explicaciones.
Ahora Elena conservaba el único registro que él no podía modificar.
Rogelio miró a Vicente.
—Tú la estás poniendo en mi contra.
—No —respondió Vicente—. Le estoy preguntando cuánto recibió.
En ese momento, don Eusebio apareció con otro hombre y una mujer del pueblo.
Cada uno llevaba un papel doblado.
No venían a acusar.
Venían a preguntar.
La primera mujer habló desde unos pasos atrás.
—Mi hija dice que ayer mandó una cantidad distinta a la que usted me entregó.
Rogelio se volvió hacia ella.
—Seguro no contó la comisión.
—Ella pagó la comisión allá.
—Hay gastos aquí.
—Entonces quiero saber cuáles.
El comerciante intentó hacerla pasar a la tienda.
Ella no se movió.
Eusebio levantó su propio papel.
—Yo también quiero saber.
Vicente vio cómo cambiaba la plaza sin que nadie gritara.
Durante años, cada persona había pensado que su diferencia era un problema privado.
Un descuento pequeño.
Una deuda mal entendida.
Una comisión que quizá no sabía calcular.
Ahora estaban comparando experiencias.
Eso era precisamente lo que Rogelio no podía controlar.
El comerciante señaló a Vicente.
—Desde que este regresó, todos creen que les estoy robando.
—Yo no dije eso —contestó Vicente.
—Lo estás insinuando.
—Estoy diciendo que mis padres recibieron menos de lo que envié. Tú dijiste que fue por deudas. Mi mamá pidió ver las cuentas. Enséñaselas.
Rogelio apretó la mandíbula.
—Mañana.
—Hoy.
—Tengo trabajo.
Vicente miró la tienda vacía detrás de él.
—Nosotros también.
Rogelio comprendió que ya no podía resolverlo únicamente con Vicente.
Cada persona que estaba en la plaza tenía ahora su propia pregunta.
Entró a la tienda y regresó con el cuaderno grande.
No lo entregó.
Lo puso sobre el mostrador y llamó primero a Ramón y Elena.
Vicente entró con ellos.
En una página aparecía el nombre de Ramón Salgado acompañado de una larga columna de cantidades.
Había comida fiada.
Medicinas.
Herramientas.
Préstamos pequeños.
Y descuentos aplicados directamente sobre las remesas.
Vicente revisó las fechas.
Algunas compras parecían reales.
Su padre reconoció varias.
Eso complicó las cosas.
Rogelio aprovechó de inmediato.
—¿Ya ves? Aquí está todo.
Vicente siguió leyendo.
No quería demostrar que cada línea era falsa.
Solo necesitaba saber si el total explicaba las diferencias.
No lo hacía.
Además, encontró cargos que Ramón no reconocía.
—¿Qué es esto?
Rogelio se inclinó.
—Un préstamo.
Ramón negó lentamente.
—Yo no pedí eso.
—Claro que sí.
—No.
—Fue hace mucho.
—Entonces yo me acordaría.
Rogelio pasó la página.
Vicente puso la mano sobre el cuaderno.
—Todavía no terminamos.
El comerciante levantó la vista.
—Quita la mano.
Vicente la retiró.
No necesitaba forcejear por el libro.
El problema ya estaba a la vista de sus padres.
Elena señaló otra cantidad.
—Aquí dice que nos dio dinero en efectivo ese día.
—Sí.
—Ese día estábamos con mi hermana.
Rogelio contestó demasiado rápido.
—Entonces habrá sido al día siguiente.
Vicente observó a su madre.
Ella no parecía triunfante.
Parecía cansada.
Como si acabara de entender que durante años había dudado de su propia memoria porque alguien más siempre tenía un cuaderno delante.
—Quiero una copia de nuestra cuenta —dijo Elena.
—No hago copias.
—Entonces la voy a copiar yo.
Sacó una pequeña libreta de su bolsa.
Rogelio quiso cerrar el cuaderno.
Ramón colocó la mano sobre la cubierta antes de que pudiera hacerlo.
Fue el primer gesto firme que Vicente le había visto desde su regreso.
—Déjala escribir.
Rogelio miró al hombre mayor.