—A veces.
—¿Y otras veces?
—Rogelio nos dice cuánto llegó.
Vicente sacó la libreta, pero no se la mostró.
—Si pudiera comprobar la cantidad antes de recibirla, ¿lo haría?
Eusebio asintió.
Al día siguiente ocurrió algo pequeño.
Una de las familias del pueblo esperaba una remesa.
Vicente les explicó cómo confirmar primero la cantidad enviada con el familiar que estaba fuera y después comparar esa cifra con lo que recibieran.
No organizó una reunión.
No hizo discursos.
Solo les pidió que anotaran el número antes de entrar a la tienda.
La noticia corrió de casa en casa más rápido de lo que él imaginaba.
Para el mediodía, tres personas tenían cantidades anotadas en pedazos de papel.
Rogelio lo notó.
Vicente estaba cerca de la plaza cuando el comerciante salió de su tienda y lo llamó.
—Oye, constructor.
Vicente volteó.
Rogelio seguía usando aquel tono burlón con el que había intentado avergonzarlo por sus botas gastadas.
—¿Qué andas haciendo con la gente?
—Platicando.
—Pues platica de otra cosa.
Vicente caminó unos pasos hacia él.
—¿Por qué?
—Porque estás confundiendo a personas que no entienden cómo funcionan las remesas.
—Entonces explícales.
Rogelio cruzó los brazos.
—Hay gastos.
—¿Cuáles?
—Traslados, tiempo, cambios, vueltas.
—¿Y todo eso varía cada mes?
Rogelio dejó de sonreír por un instante.
—Depende.
Vicente sacó uno de los papeles que su madre había guardado.
—¿También depende de quién recibe?
Rogelio vio la letra y reconoció su propio registro.
Después miró alrededor.
Había varias personas observándolos desde lejos.
Su voz bajó.
—Ven adentro y hablamos como hombres.
—Podemos hablar aquí.
—No armes un espectáculo.
—Yo no lo estoy armando.
Rogelio se acercó lo suficiente para que solo Vicente pudiera escucharlo.
—Tus papás me deben dinero.
Ahí estaba la primera respuesta concreta.
Vicente no levantó la voz.
—¿Cuánto?
—Bastante.
—¿Dónde están las cuentas?
—En mi cuaderno.
—Perfecto. Enséñamelas.
Rogelio miró hacia la tienda.
El gran cuaderno estaba detrás del mostrador, justo donde Vicente lo había visto el primer día.
—No tengo por qué enseñarte nada.
—Entonces tampoco puedes descontar lo que quieras del dinero que les mando.
Rogelio respiró por la nariz.
—Tu padre aceptó.
Vicente giró la cabeza.
Ramón acababa de llegar a la plaza acompañado por Elena.
El hombre había escuchado la última frase.
Rogelio cambió de tono inmediatamente.
—Don Ramón, dígale a su hijo que nosotros siempre hemos arreglado las cosas bien.
Ramón miró el piso.
Durante años, aquella habría sido la señal para terminar la conversación.
Esa vez no.
Elena dio un paso al frente.
Llevaba en la mano la bolsa de plástico con los papeles.
—Yo quiero ver las cuentas —dijo.
Rogelio frunció el ceño.
—Doña Elena, usted sabe que cuando les ha faltado comida yo les he fiado.
—Sí.
—Cuando don Ramón necesitó material para arreglar la casa, ¿quién se lo dio?
Elena miró las láminas nuevas de la tienda y después volvió los ojos hacia él.
—También sé cuánto arroz tuve que pedir prestado esta semana.
Nadie respondió.
Vicente no necesitó hacerlo.
Su madre acababa de convertir una discusión de números en algo que todos podían entender.