—¿Tú sabías esto?
—Yo recibí los documentos ya aprobados.
—Se puede explicar.
—Perfecto —dijo Laura—. Explícalo.
Javier guardó silencio.
Clara seguía apartada, con una mano sobre el hombro de su hijo. Ya no parecía segura, sino desconcertada.
—¿También es mentira que estás divorciado? —preguntó.
—Clara, ahora no.
—Ahora sí.
Sacó su móvil y enseñó mensajes en los que Javier hablaba de “nuestra nueva vida” y prometía que en enero harían pública la relación.
—Me dijiste que Laura vivía fuera de Madrid, que el matrimonio estaba roto y que solo faltaban unos trámites. Dijiste que Alma estaba casi siempre con ella porque tú habías decidido empezar de nuevo.
Laura sintió una punzada al oír el nombre de su hija.
Javier no solo había mentido a 2 mujeres. Había convertido a Alma en una excusa.
—¿Y el niño? —preguntó Laura con cuidado.
Clara entendió.
—Es mío, de una relación anterior. Javier nunca dijo que fuera su padre en casa. Pero esta noche me pidió que dejara que lo llamara “papá” delante de algunos socios. Decía que daba una imagen más estable.
El niño bajó la mirada.
Laura se acercó a Clara.
—Sácalo de aquí. No tiene que escuchar nada más.
Clara asintió. Por primera vez se miraron sin rivalidad.
No eran enemigas.
Eran 2 personas a las que el mismo hombre había contado realidades distintas.
Cuando Clara salió con su hijo, Javier intentó seguirla. Gabriel se interpuso sin tocarlo.
—Tú te quedas. Hay asuntos societarios pendientes.
—No puedes retenerme.
—No te retengo. Puedes marcharte. Lo que no puedes hacer es mover fondos ni comprometer a la empresa mientras se revisan operaciones sujetas al consentimiento de Arista.
Javier miró alrededor.
Los mismos directivos que 20 minutos antes brindaban por él ahora evitaban sus ojos.
Durante años había construido una versión de sí mismo donde cada éxito nacía solo de su talento. Nunca había preguntado demasiado por qué las puertas se abrían justo cuando la empresa se quedaba sin aire.
Laura sí conocía la respuesta.
7 años antes, una cadena de impagos había dejado a Montalbán Tecnología a 11 días de no poder pagar nóminas. El fondo familiar estudió el negocio y entró como inversor. Después llegó una expansión fallida a Portugal y, más tarde, la pérdida de un gran cliente. Arista volvió a respaldar la empresa mediante acuerdos formales, garantías y derechos de voto.
Javier siempre creyó que había convencido a desconocidos.
Laura nunca lo corrigió.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó él.
—Porque quería saber quién eras cuando pensaras que no necesitabas nada de mí.
—Yo construí esta empresa.
—Sí. Y nadie te lo niega. Pero construir algo no te da derecho a usar mi firma ni a convertir nuestra vida en una mentira.