En la primera cena con el prometido de mi hija, ella subió por el postre y lo oí susurrar

Después pasó los dedos por el borde del espejo.

Carmen estuvo a punto de decir «mírate, estás preciosa».

Se detuvo.

Lucía la vio detenerse.

No dijo nada, pero entre ambas ocurrió algo importante.

Por primera vez, Carmen dejó que el silencio no fuera una emergencia.

Lucía se sentó frente al tocador.

El espejo devolvió su rostro entero: la piel clara, la mancha rojiza del lado izquierdo, una pequeña cicatriz junto a la ceja, el brillo de los pendientes, el cabello cayéndole sobre los hombros.

Se inclinó hacia delante.

—Madre mía.

Carmen sintió que regresaba el viejo reflejo.

—¿Qué pasa?

Lucía levantó un mechón.

—Tengo una cana.

Álvaro cometió el error de reírse.

Ella giró la cabeza.

—¿Tú lo sabías?

—Lucía…

—¿Cuántas?

—No creo que esta conversación beneficie nuestra futura vida matrimonial.

Javier se echó a reír. Carmen también. Y esa risa, absurda y doméstica, rompió algo que llevaba demasiado tiempo rígido entre todos.

La marca seguía allí.

Pero nadie estaba hablando de ella.

Un rato después, Javier preguntó:

—¿Qué hacemos con el tocador?

Lucía lo pensó.

—Quiero llevármelo al piso.

Álvaro abrió mucho los ojos.

—Vivimos en un tercero sin ascensor.

—Tú querías casarte conmigo.

—No sabía que el matrimonio incluía mudanzas retroactivas.

—Está en la letra pequeña.

Los 4 terminaron cargando el mueble en el coche de Javier y conduciendo hasta el barrio de Ruzafa, donde Lucía y Álvaro vivían en un piso estrecho con balcones antiguos. Subirlo por la escalera fue un desastre. En el segundo rellano, Javier giró mal y estuvo a punto de golpear la pared.

—Papá, gíralo hacia la izquierda o vas a arrancar el marco de la puerta.

Todos se quedaron quietos.

Javier dejó de respirar durante un segundo.

Lucía también.

Ella siempre lo había llamado Javier.

Nunca habían discutido por eso. Él jamás había reclamado otro nombre.

Carmen miró a su marido y vio cómo intentaba ocultar lo que aquella palabra acababa de hacerle por dentro.

Lucía carraspeó.

—He dicho que lo gires.

Javier bajó la cabeza para disimular una sonrisa.

—Sí, jefa.

Nadie corrigió nada.

Cuando por fin consiguieron meter el tocador en el dormitorio, Carmen quiso colocarlo de forma que la luz de la mañana favoreciera más el lado derecho de la cara de Lucía.

Incluso empezó a decir:

—Quizá junto a la ventana, porque desde allí la luz…

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