PARTE 2: EL HOMBRE QUE CREYÓ QUE PODÍA BORRARLAS

Sonreía delante de los demás.

Ayudaba a los vecinos.

Hablaba de valores familiares.

Pero dentro de nuestra casa era diferente.

Elias guardó silencio unos segundos.

Luego preguntó:

—¿Tienes pruebas?

Negué con la cabeza.

—No.

Mi voz se quebró.

—Nunca pensé que necesitaría demostrar que mi propio esposo podía hacerme daño.

Algo cambió en la expresión de Elias.

No era lástima.

Era algo más profundo.

Rabia contenida.

—A veces las personas más peligrosas son las que creen que nadie descubrirá lo que hacen.

Un golpe sonó en la puerta.

—Ava.

Mi cuerpo entero se congeló.

Era su voz.

La misma voz que escuché decir que mis hijas eran una decepción.

La misma voz que me dejó atrás.

—Ava, sé que estás ahí.

Elias dio un paso hacia la puerta.

Pero yo lo detuve.

—No.

Él me miró.

—¿No?

Negué.

—Quiero verlo.

No porque quisiera perdonarlo.

No porque lo extrañara.

Sino porque necesitaba mirar al hombre que casi destruyó mi vida y saber que ya no tenía poder sobre mí.

Elias abrió la puerta.

Marcus entró acompañado de dos abogados.

Su traje era perfecto.

Su cabello estaba arreglado.

Parecía un hombre preocupado.

Hasta que me vio.

Y por una fracción de segundo, su máscara cayó.

Porque esperaba encontrar una mujer rota.

No una mujer sentada en una cama segura, con sus hijas protegidas y con Elias Vance a su lado.

—Ava.

Su voz cambió.

Intentó sonar afectado.

—Gracias a Dios estás viva.

Lo miré.

—¿Eso es lo primero que quieres decir?

Sus ojos fueron hacia las cunas.

—Mis hijas.

Elias se colocó ligeramente delante de mí.

—Ten cuidado con tus palabras.

Marcus apretó la mandíbula.

—Esto es un asunto familiar.

Elias sonrió sin humor.

—Una familia no abandona a una madre recién operada y a dos recién nacidas bajo un puente.

Los abogados intercambiaron miradas.

Por primera vez, Marcus pareció incómodo.

—No sabes toda la historia.

—Entonces cuéntamela.

La voz de Elias fue tranquila.

Demasiado tranquila.

Marcus respiró.

—Ava tuvo problemas después del parto. No estaba actuando con normalidad.

Lo miré fijamente.

Ahí estaba.

La mentira.

La que sabía que usaría.

—¿Y por eso me dejaste morir?

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