Había querido probar el corazón de una empleada sin saber que ella llevaba años sobreviviendo con el suyo hecho pedazos.
Y al día siguiente, cuando Fernanda vio entrar a Lucía, sonriendo con una maldad que helaba la sangre.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
—Mira nada más, llegó la heroína de los pobres —dijo Fernanda frente a todos—. ¿El vagabundo ya te pidió matrimonio o solo te dejó propina en monedas?
Mariana, otra vendedora, se tapó la boca para reírse. El gerente no terminó de escuchar. Lucía acomodaba cajas de inventario detrás del mostrador y prefería guardar silencio.
Pero Fernanda no quería silencio. Quería humillación.
—Limpia también mi vitrina —ordenó—. Ayer te ensuciaste buscando basura, así que supongo que se te da bien.
Lucía tragó saliva. Tenía ganas de responder, pero necesitaba ese trabajo. Pagaba una habitación en la colonia Santa María la Ribera, sus colegiaturas atrasadas y los medicamentos de Doña Elvira, una vecina que la había criado como hija cuando su madre murió.
Así que limpió.
Al salir, ya de noche, vio a Mateo recargado junto a un coche sencillo. Esta vez llevaba una camisa azul y el cabello menos desordenado.
—Lucía.
Ella se sorprendió.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Mateo señaló su gafete.
—Es difícil no verlo.
Lucía se río por primera vez en todo el día.
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—Cierto. Se me olvidó quitármelo.
Él sacó una pequeña bolsa.
—Quería comprar un reloj para alguien especial, pero no en una tienda como esa. ¿Conoce algún lugar bueno, sin que me vean feo por preguntar precios?
Lucía dudó, pero terminó guiándolo a una relojería más modesta cerca de Reforma. Mientras caminaban, hablaban de cosas simples: tacos, tráfico, el clima absurdo de la ciudad. Mateo parecía torpe, pero atento. Eso la hizo bajar la guardia.
En la tienda, eligió un reloj de acero pequeño.
—¿Para novia? —preguntó ella, medio bromeando.
—Para un niño de doce años —respondió Mateo—. Vive en una casa hogar. Es su cumpleaños.
Lucía dejó de sonreír.
—¿Usted ayuda ahí?