Correos.
Capturas de llamadas.
Mensajes sin respuesta.
Se los entregué.
Ethan comenzó a revisar.
Uno.
Dos.
Cinco.
Su expresión cambió poco a poco.
La incredulidad se convirtió en furia.
Pero no hacia mí.
Hacia alguien más.
—Esto nunca llegó a mí.
—Eso fue lo que pensé.
—No.
Levantó la mirada.
—No entiendes.
Su voz se volvió más fría.
La misma voz que había hecho temblar a sus enemigos.
—Alguien bloqueó todo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
Ethan volvió a mirar los mensajes.
—Mi asistente personal manejaba mis comunicaciones durante ese periodo.
Se quedó en silencio unos segundos.
—Y desapareció hace seis meses.
Entonces entendí.
No había sido simplemente abandono.
Alguien había decidido que Ethan nunca debía saber de Leo.
—¿Quién haría algo así?
Ethan me miró.
Y por primera vez pareció preocupado.
—Alguien que sabía que un hijo cambiaría todo.
Antes de que pudiera responder, escuchamos una voz.
—¿Todo está bien?
El director regresó.
Ethan guardó su teléfono.
Pero algo había cambiado.
Ya no me miraba como una sorpresa inesperada.
Me miraba como si estuviera intentando recuperar dieciocho meses perdidos.
Esa tarde, cuando regresé a casa, encontré un automóvil negro estacionado frente al edificio.
Mi corazón se aceleró.
No era paranoia.
Después de conocer a Ethan, aprendí que su mundo siempre venía acompañado de sombras.
Subí las escaleras rápidamente.
La señora Jenkins estaba en la puerta.
—Mariah.
Su expresión era seria.
—Alguien vino preguntando por Leo.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Quién?
Ella negó.
—No dijo su nombre.
Entré corriendo.
Leo estaba en su cuna, jugando tranquilo.
Lo levanté inmediatamente.
—Mamá está aquí.
Esa noche no dormí.