La discusión escaló rápidamente. Marian le reclamó que después de tantos años estuviera «haciendo cuentas». Ella le aclaró que no hacía cuentas entre ellos dos, sino entre ella y los parientes de él. Cuando él dijo que Doina tenía un trabajo, Elena rió con amargura: ella también había tenido uno durante todos esos años.
El verano en que él aprendió lo que ella sabía
Marian aceptó el desafío. Preparó la tierra, cortó las papas para plantar y las sembró solo. Elena, por su parte, cultivó sus tomates, cuidó sus flores y disfrutó del café en la terraza cada mañana antes de ir al trabajo.
Pasaron tres semanas y aparecieron las malezas. Marian esperó, probablemente convencido de que un sábado su esposa se levantaría y haría lo que siempre había hecho. No ocurrió. Cuando le reclamó que las papas estaban llenas de hierbas, ella respondió con serenidad: «Son tus papas.»
Un mes después llegaron los escarabajos de Colorado. Una tarde, Elena encontró a su esposo inclinado entre los surcos, agotado, preguntando cómo se lidiaba con esas plagas. Ella le explicó que los recogía casi a diario, sola, como había hecho durante años. Marian no se disculpó esa noche, y Elena lo prefirió así: no quería excusas dictadas por un dolor de espalda pasajero, quería que realmente comprendiera.
La visita de Doina y el reclamo esperado
A principios de agosto, Doina llegó al patio y miró decepcionada las hileras de papas. «¿Solo eso plantaste?», preguntó. Le explicó que no había comprado nada para el invierno porque contaba con ellos. Cuando reparó en Elena tomando café en la terraza, la increpó por no haber ayudado en absoluto.