—¿No?
—Señor Rowan, déjelo.
—¿Por qué?
Mara apretó las manos.
—Porque mi esposo murió por intentar descubrir algo que no debía descubrir. Y no quiero que usted termine igual.
Aquella frase quedó suspendida entre ellos.
Vincent había escuchado amenazas de hombres mucho más peligrosos.
Pero el miedo sincero de Mara era diferente.
—¿Qué descubrió Daniel?
Ella respiró profundamente.
—Que alguien dentro de su propia empresa estaba robando dinero. Cuando intentó denunciarlo, recibió amenazas.
Vincent sintió que la sangre se le enfriaba.
—¿Quién?
Mara negó con la cabeza.
—Nunca me dijo el nombre.
—Pero usted sabe algo.
Ella guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
—Mara.
Finalmente abrió su bolso y sacó una pequeña llave.
—Daniel me pidió que la guardara hasta que Sophie fuera mayor.
Vincent miró la llave.
—¿Qué abre?
—Una caja de seguridad.
Dos días después, Vincent y Mara estaban frente a la caja en un banco privado de Filadelfia.
Dentro había una memoria USB, varios documentos y una carta.
Mara tomó la carta con manos temblorosas.
—Es para Sophie.
Vincent la miró.
—¿Quiere leerla?
Ella negó.
—No todavía.
Entonces conectaron la memoria.
Los archivos aparecieron uno por uno.
Contratos falsificados.
Transferencias ocultas.
Nombres.
Y entonces apareció uno que hizo que Vincent se quedara completamente inmóvil.
Un nombre conocido.
Un nombre de alguien en quien había confiado durante años.
Adrian Vale.
Su antiguo socio.